Aunque todo el mundo conozca la capital de la región como León, igual que el felino del mismo nombre, alguna polémica ha levantado su versión en asturleonés, que algunos escriben Lleón y otros Llión. Los defensores de la lengua argumentan no sólo que la palatalización (una ele que se transforma en elle) es fenómeno habitual en este idioma (llibru, llevantar, allegría, llamazar), sino que existen también algunas pruebas escritas de tales formas. Así, en documentos medievales pueden leerse variantes romanceadas y palatalizadas del tipo Llegione, según anota el profesor Sánchez Badiola en su obra Las armas del Reino.
Caitano Bardón, en sus Cuentos en dialecto leonés, habla de Lión; pero Amando Álvarez Cabeza, en su Vocabulario de la Cepeda, incluye las dos acepciones, Llión y Lión, tanto como ciudad y como animal. En Sanabria también se han recogido las formas Llión y Lliyón. El gran poeta asturiano Fernán Coronas, Padre Galo, escribió, dirigiéndose a su amigo Casimiro Cienfuegos: «L’outru día en llionés/ dixiste cousas de preciu,/ muitu bien emprincipiaras/ a usar el falaxe nuesu./»
Dejando a un lado estas disputas filológicas y lingüísticas, lo que está claro es que esta tierra es especialmente rica en lo que a dominios lingüísticos se refiere, y que esa riqueza debería también poder transformarse en riqueza social y económica. Más encuentros, más jornadas, más labor literaria, un mayor uso, quizá simbólico, quizá poético, del leonés como seña de identidad abierta, enraizada y sin matiz político alguno.