El leonés, cuestión de sensibilidad

E. Gancedo - León

UN ASUNTO despierta más polémica, más posicionamientos enrocados o defensas encendidas cuanto más cercano o querido nos es. Eso sin olvidar que hay materias con un grado de sensibilidad mayor que el de otras. Por ello no es de extrañar que el tema de la lengua leonesa, dormido para lo que hoy se llama opinión pública durante más de siete siglos, se encienda ahora al aproximarse a las aulas, los despachos o la tinta del periódico al igual que sucede con algunas sustancias químicas que entran en combustión cuando toman contacto con el aire tras un prolongado encierro subterráneo. Porque el leonés o asturleonés es nuestro, porque nos presta escucharlo o escribirlo, porque convive con nosotros y nosotros con él, por eso es motivo de natural debate y de natural discusión. Es normal y cada vez lo va a ser más. Así pues, creo que sería necesario dejar establecidos una serie de puntos básicos que pueden actuar de antídoto contra la demagogia.

Primero: el asturleonés, evolución peculiar del latín en el occidente de la Península, del Cabo Peñas a Miranda, es también patrimonio cultural de todos los leoneses. Si nos circunscribimos a la provincia, hoy en día, principios del siglo XXI, el leonés se habla con notable normalidad social en las variantes de dos comarcas concretas: La Cabrera y el área del Alto Sil. Cuaja con una enorme cantidad de palabras el discurso de extensas comarcas como Maragatos, Bierzo Alto, Omaña, Luna, Alto Órbigo... y persiste más débilmente en léxico y toponimia en el Sur y Este de León; pruebas de que este idioma fue un día vehículo lingüístico habitual y común de nuestras clases populares. Tres situaciones, pues. Segundo: que ante denuncias como la de la propia Unesco en su Atlas de las Lenguas Amenazadas (que la catalogaba como lengua seriamente amenazada ), por fin el estatuto de autonomía va a incluir su «apoyo y fomento», con lo que les será difícil a determinadas instituciones o entidades sustraerse a partir de ahora a este debate...

Lo que los siglos nos han venido dejando del leonés nada tiene que responder ante ataques o críticas feroces. Las lenguas existen sin portavoces, sólo con hablantes y gentes que las aman o que quieren aprenderlas. Pero el leonés existe y, bien o mal, esta sociedad, la leonesa, habrá de saber gestionarlo. Es aquí donde tiene que verse nuestra altura moral, nuestra valentía, nuestra justa ambición.

Creo que es erróneo criticar a personas que se están dejando tiempo ¡y dinero! por dar clases de leonés, pero es cierto también que cada vez se habrá de ser más serio, dialogante y abierto desde todas las partes. El creciente número de estudiantes de la lengua sin duda lo agradecerá.

 

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